martes 20 de julio de 2010
viernes 2 de julio de 2010
Cuento infantil para leer antes de dormir

Hace muchos, muchos años, en un precioso pueblo perdido en algún sitio, vivía un hombre al que le encantaba cocinar. Se pasaba los días preparando excelentes platos de todo tipo: carnes asadas, estofadas; pastas, legumbres, pescados, sopas, postres y confituras.
Se sentía enormemente pleno en su vida, tenía una pequeña granja con animales que le brindaban, leche, huevos y sus propias carnes para preparar. También una pequeña huerta bien surtida.
Fue así que un día decidió compartir sus quehaceres con los demás.
Pensó- ¿porqué no poner un restaurante? ¿Porqué no compartir mis platos con la gente de este pueblo y los visitantes?
Se entusiasmó. Preparó todo precipitadamente pero no sin buen gusto y cuidado. Al poco tiempo abrió sus puertas.
La gente acudía regularmente, salía satisfecha y contenta, por fin encontraban un sitio agradable, con buen trato, donde podían pasar confortables ratos de buena charla y por supuesto, mejores comidas.
Un día, un señor del pueblo, malhumorado y agrio de carácter, vaya a saber uno por qué circunstancias, reclamó la presencia del cocinero.
Sí señor, ¿que desea?, preguntó amablemente nuestro amigo.
-Mire señor, resulta que esta pasta no está bien hecha.
-No entiendo, ¿a qué se refiere?
-No se, no sabría decirle, pero no está como a mi me gusta…
-Bueno, eso es difícil. Uno hace las cosas los mejor que puede, precisamente esta mañana he salido a comprar todos los ingredientes necesarios para preparar mi menú. Harina del molino de mi amigo Juan, del mejor trigo de esta zona, tomates y cebollas de mi huerto, huevos de mis gallinas. Yo mismo preparé la masa, la dejé reposar, preparé la salsa, con esmero, como siempre. La he probado y no sabe diferente a lo que solemos servir habitualmente.
-Si, pero está… muy suave, muy, no sé explicarlo, diferente a lo que estoy acostumbrado a comer, esto no me gusta. La cara de desprecio del cliente era cada vez más notable, no encontraba razones, que a deducir, provenían más de otra parte que del propio plato que tenía frente a el.
Al ver esto, el cocinero no dio más explicaciones y dijo: Señor, no se preocupe, es norma de esta casa que nuestros clientes se vayan contentos, por eso, coma y beba lo que usted quiera y luego márchese, invita la casa.
El hombre no dijo nada, comió y bebió a placer y luego se marchó sin siquiera saludar.
La historia trascendió. Los pueblerinos comentaban el hecho. Un día un pícaro vecino de dientes grandes y ojos pequeños, repitió la historia, -¡Esto no está como a mi me gusta! reclamó. El cocinero actuó de la misma manera, sin salir de su asombro y asumiendo su culpa.
Los vecinos, con abyecto afán, acudían sin resquemor a reclamar "que su comida no era lo que ellos esperaban"
Toda la gente comía descaradamente y se iban sin pagar. Unos pocos, generalmente amigos del cocinero, intentaron ayudarlo y apoyarlo frente al engaño del resto.
El cocinero afligido, al tiempo, cerró su restaurante. No han entendido nada, pensó, no se merecen mi cocina, no se merecen nada bueno.
Con el tiempo, pocos recordaban la historia del cocinero y su restaurante, esa vieja estancia de cristales rotos y cortinas rasgadas que sirve de albergue a las ratas.
Muy de vez en cuando, al pasar cerca de la granja del cocinero, se ve salir humo de la chimenea y parece que el lugar se perfuma, se percibe en la brisa esencias de canela y limón.
Los personajes de esta historia son ficticios. Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.
Ilustración: Crepúsculo - Maxfield Parrish